La naturaleza no es cruel

La naturaleza no es cruel

Kique Ruiz ·

Es hermosa, terrible, salvaje y despiadada. O quizá somos nosotros quienes necesitamos verla así.

Cuando pensamos en la naturaleza solemos construir una imagen bastante amable.

Un prado cubierto de flores. Una mariposa posándose sobre ellas. El canto de los pájaros al amanecer. Un corzo saliendo del bosque entre la niebla. El cielo completamente cubierto de estrellas. Una puesta de sol. El vuelo de un águila. Una madre alimentando a sus polluelos.

Todo eso es naturaleza. Claro que lo es.

Llevo buena parte de mi vida buscándola, observándola y fotografiándola. Soy un enamorado de la naturaleza precisamente porque conozco esa capacidad que tiene para dejarte completamente paralizado ante algo que está ocurriendo delante de ti.

Hay momentos en los que su belleza duele. Literalmente.

Momentos en los que estás solo en mitad del campo, esperando desde hace horas, aparece una luz extraordinaria, un animal entra exactamente donde imaginabas y durante unos segundos todo parece estar en su sitio.

Es difícil explicar esa sensación a quien nunca la ha vivido. Pero la naturaleza no es solamente eso. Tiene otra cara. No es tan agradable contemplarla.

La naturaleza puede ser terrible. Salvaje. Despiadada.

Una cría muere de hambre porque sus padres no consiguen suficiente alimento. Un depredador mata a otro animal para alimentar a sus cachorros. Dos machos luchan hasta herirse por reproducirse. Un pollo más fuerte desplaza a su hermano y consigue el alimento que este necesitaba. Un invierno especialmente duro elimina buena parte de una población. Una sequía convierte en una lucha diaria algo tan elemental como encontrar agua.

No hay música. No hay cámara lenta. No existe un narrador explicándonos que todo terminará bien. Simplemente ocurre y seguirá ocurriendo cuando nosotros no estemos allí para verlo.

LA NATURALEZA QUE QUEREMOS VER.
Creo que hemos idealizado muchísimo la naturaleza.

Probablemente los fotógrafos de naturaleza hemos contribuido bastante a hacerlo.

Buscamos la mejor luz. El momento perfecto. El fondo limpio. El comportamiento hermoso. Una mirada. Un gesto.

Fotografiamos un martín pescador entrando en el agua y vemos una escena espectacular. Pero el martín pescador no se lanza para regalarnos una fotografía. Está intentando comer.

Una zorra llevando una presa a sus cachorros puede parecernos una imagen llena de ternura. Pero para alimentar a esos cachorros ha tenido que matar a otro animal.

Una rapaz capturando una presa es una fotografía extraordinaria para nosotros. Para una parte de la escena significa alimento. Para la otra, el final. 

La belleza y la muerte conviven continuamente. No son dos naturalezas distintas. Son la misma.







ÁFRICA ME ENSEÑÓ DOS COSAS.
Mis viajes por África me han enseñado muchas cosas, pero hay dos que siempre recuerdo.

La primera es la no interferencia.
Cuando observas una escena dura, el impulso humano puede ser intervenir. Ayudar al animal herido. Evitar una muerte. Cambiar lo que está ocurriendo.

Pero hacerlo significa introducir nuestras reglas dentro de un sistema que no funciona con ellas.

No estamos allí para decidir quién debe sobrevivir. Estamos para observar. Entender esto no siempre resulta fácil.

La segunda enseñanza es todavía más reveladora.
Cuando el león está cazando, todo cambia a su alrededor. Los animales están alerta. La tensión es evidente. Existe peligro.

Pero una vez que el león ha cazado y comienza a alimentarse, ocurre algo que al principio puede resultar sorprendente.

Los demás animales vuelven a estar tranquilos. Cebras, antílopes y otras especies pueden permanecer relativamente cerca. 

Nosotros continuamos pensando en la muerte que acaba de ocurrir. Ellos no.

El peligro inmediato ha terminado.

El león ya tiene alimento y la vida continúa.

Ese comportamiento me ha hecho pensar muchas veces hasta qué punto somos nosotros quienes cargamos de significado emocional lo que sucede en la naturaleza.

¿ES REALMENTE CRUEL?
Utilizamos palabras como cruel, brutal, despiadada o injusta.

Pero la crueldad implica intención. La naturaleza no tiene intención.

Un león no odia a la gacela. Un águila no es malvada porque mate a un conejo. Una tormenta no tiene nada contra el árbol que derriba.

Somos nosotros quienes observamos lo ocurrido y lo traducimos inmediatamente a nuestro lenguaje.

Bueno. Malo.

Justo. Injusto.

Tierno. Cruel.

Pero esas categorías son humanas.

Medimos la naturaleza con pensamiento humano.

Cuando vemos a una madre protegiendo a sus crías hablamos de amor.

Cuando un animal mata a las crías de otro hablamos de crueldad.

Cuando dos animales colaboran hablamos de solidaridad.

Cuando compiten hablamos de egoísmo.

Son palabras que nos sirven para entender lo que vemos, pero también pueden engañarnos.

La naturaleza no necesita ser buena. Tampoco mala. Simplemente funciona.

TAMPOCO TODO ES UNA BATALLA.
Aquí conviene evitar el extremo contrario.

Reconocer la dureza de la naturaleza no significa imaginarla como una gigantesca batalla en la que todos los seres vivos están permanentemente intentando destruirse unos a otros.

La naturaleza también está llena de cooperación:
  • De relaciones extraordinariamente complejas entre especies.
  • De animales que colaboran.
  • De progenitores capaces de invertir cantidades enormes de energía en sacar adelante a sus crías.
  • De sociedades perfectamente organizadas.
  • De plantas, hongos, insectos, aves, mamíferos y microorganismos formando relaciones sin las cuales muchos ecosistemas sencillamente no funcionarían.
Competencia y cooperación conviven.

La supervivencia no depende únicamente de ser más fuerte que el que tienes al lado.

A veces consiste en evitar competir. En aprovechar otro recurso. En ocupar otro espacio. En cambiar de comportamiento. En marcharse. En pasar inadvertido.

Eso es precisamente lo fascinante.

MIRARLA COMO ES
El lobo no sabe que algunos lo consideran cruel y otros magnífico. El ciervo que acaba de morir entre sus dientes tampoco sabe que sentimos pena por él. Todo eso sucede dentro de nosotros.


Asi que como fotógrafo voy a seguir buscando la belleza.

Una buena luz. Una mariposa. Un paisaje. Una rapaz entrando en vuelo. Una noche completamente cubierta de estrellas.

Todo eso sigue emocionándome.

Pero amar la naturaleza también significa aceptar aquello que resulta incómodo.

El hambre. La muerte. La enfermedad. La depredación. La competencia. El fracaso.

La naturaleza no necesita ajustarse a nuestra idea de lo que debería ser.

No existen buenos ni malos. Hay seres vivos intentando continuar.

A veces lo que sucede delante de nosotros es bellísimo. Otras veces es brutal. En muchas ocasiones ambas cosas forman parte de la misma escena.

Soy un enamorado de la naturaleza. Sé que es hermosa.

Tiene una belleza que hace que duela el corazón y una dureza capaz de desgarrarlo.

Pero quizá la verdadera cuestión sea otra. Quizá la naturaleza no sea hermosa ni cruel.

Quizá esas sean simplemente las palabras que nosotros necesitamos para explicar lo que sentimos al observarla.

Porque mientras nosotros juzgamos, nos emocionamos o sufrimos por lo que acabamos de ver, todo continúa.

Como después de la caza de un león. El peligro ha pasado.

Los animales vuelven a alimentarse y la vida sigue.

Etiquetas ecologia Opinion
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Escrito por Kique Ruiz

Fotógrafo de naturaleza. Escribo este blog desde 2012 sobre fauna, macro, paisaje, viajes y ecología; pero, sobre todo, sobre fotografía.

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